La grave crisis sanitaria generada por la COVID-19 ha dejado atrás muchos programas de medio ambiente. Pareciera que lo urgente supedita cualquier otra área, sin embargo, cuanto mejor se conoce el origen y evolución de la pandemia (y de las otras epidemias acontecidas en lo que llevamos de siglo), aparecen destacadas las causas ambientales: deforestación, contactos impropios entre especies, macrogranjas, contaminación atmosférica o alteradores hormonales. Los desequilibrios entre seres humanos y naturaleza tienen una gran responsabilidad en todas las crisis.

Sin embargo, la ciudadanía no es suficientemente consciente de este origen. Preocupados por frenar la propagación, las autoridades tampoco explican que estos sucesos tienen una causa y pueden evitarse, y es tarea, de nuevo, de ambientalistas y educadores encontrar la relación causa-efecto para darla a conocer e impedir que estos episodios puedan repetirse. Porque si no se corrigen las malas prácticas que los originan, podemos volver a exponernos a infecciones, bacterianas o víricas, incluso de mayor gravedad que la actual.

El cambio climático, cuyas manifestaciones hemos vuelto a sentir en la borrasca Filomena, podría fundir el permafrost liberando no sólo gases invernadero, sino microorganismos patógenos de alto riesgo, además de generar un medio favorable para la propagación de vectores (mosquitos, garrapatas) que los transportan. Por ello, es hoy una tarea primordial continuar trabajando para recuperar el equilibrio con el medio y evitar que la temperatura supere 1,5ºC, tal como está acordado en las Cumbres Internacionales.

En esta tarea, la educación continúa siendo un instrumento indispensable para que niños, jóvenes y adultos reflexionen sobre el trato que un modelo económico codicioso inflige a la naturaleza en muchas partes del mundo. Para que dispongan de competencias y habilidades que exijan de sus gobiernos compromisos internacionales que preserven el medio y eviten las zoonosis. Y para que, con nuevos valores se viva de forma diferente, más sencilla y menos consumista, más serena y sosegada, primando la calidad sobre la cantidad, con cambios profundos en la dieta, el ahorro, la eficiencia, la movilidad.

En la pandemia se llama a la responsabilidad individual; en medio ambiente, también. La educación ambiental pretende anticiparse a las catástrofes y calamidades, para evitar su llegada. Hoy más que nunca se necesita habilitar todos los canales posibles para que los mensajes socioambientales lleguen a la población. La educación ambiental puede aportar análisis, conciencia y comprensión para alcanzar una sociedad madura que combine el cambio personal que hoy se necesita con el compromiso político y comunitario.

Desde nuestra Asociación trabajamos por esta conversión ecológica que aúne conocimiento, compromiso y cercanía. Aún estamos a tiempo, aunque ya no quede mucho.


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