ANTE EL DÍA 22 DE ABRIL, DÍA DE LA TIERRA

El Día de la Tierra en 2022 se presenta bajo varios perfiles de la crisis global: económica (subida de precios de materias primar y recursos energéticos), ecológica (reducción continuada de la biodiversidad), climática (1,2ºC globales de aumento), energética (con el pico de los combustibles fósiles superado para varios combustibles e incertidumbre con las renovables), bélica (con varias guerras abiertas y el destino de 4.000 millones de dólares diarios para gastos militares) o sanitaria (todavía bajo una pandemia donde las causas naturales no han estado ausentes).

Todo apunta a un modelo cuya existencia pone en peligro el futuro de la vida y que obliga a repensar nuevas formas de producción y consumo, así como de relación y entendimiento entre las comunidades humanas. Porque los daños al medio natural se generan desde el humano, y es en éste donde deben encontrarse las soluciones a la falta de justicia y sostenibilidad que hoy dominan el mundo.

Si bien la naturaleza silvestre lleva tiempo experimentando un retroceso como consecuencia de nuestras actividades, es la vida humana –parte también de la naturaleza- una de las que se encuentran más amenazadas, en especial aquellas sociedades –como la nuestra- que han hecho del crecimiento permanente su objetivo. Esta forma anómala de entender el progreso, al no considerar los límites físicos del planeta, no puede llevar sino a desórdenes y colapso a menos que, desde ahora, se contemplen otras formas de entender el desarrollo.

Entre ellas, las que hablan de la economía del bien común, de la diversificación energética, de la moderación en el consumo, de los circuitos locales…, pueden apuntar en ese sentido. Y donde la naturaleza se redescubra, evitando intervenir en sus ciclos, conservando espacios y especies en equilibrio con una sociedad serena, justa y fraterna.

Paralelamente, desde la educación ambiental deben promoverse valores como el respeto hacia todas las formas de vida, el cuidado de todo lo que merece ser protegido y el asombro ante una naturaleza con la que debemos estrechar vínculos perdidos.

Aún existe futuro para la Tierra y sus especies –incluida la nuestra- a condición de que actuemos pronto y decididamente. De lo contrario, la propia inercia del sistema nos irá conduciendo a situaciones difíciles, de cada vez peor resolución. Por ello, todos los actores –desde los organismos internacionales hasta el ciudadano local- deben implicarse para configurar nuevos programas y valores que apunten hacia nuevos modelos y horizontes.

Somos conscientes de la dificultad que supone que el capitalismo cambie su rumbo, dada la codicia de sus clases dirigentes y el aprecio de los ciudadanos por los centros comerciales –escaparate del consumo- pero también que la realidad irá emitiendo signos de advertencia cada vez más inequívocos.

Ante ellos no queda sino atenderlos y actuar en consecuencia. Es el reto hoy para las organizaciones ambientales que, aun con las dificultades descritas, deben continuar generando conciencia y presionando desde la sociedad civil para que los plazos y objetivos puedan ser alcanzados. La esperanza, todavía posible, vendrán del compromiso personal y de la acción comunitaria.


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