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Existe un amplio acuerdo en que el cambio climático es el principal problema ambiental al que, desde ahora, debe enfrentarse la humanidad. Es un claro exponente de lo que conocemos como crisis ambiental, es decir, se trata de un problema global que, generado por una parte de la humanidad, afecta a todo el planeta; de perfil exponencial, preocupando tanto como su propia naturaleza su ritmo de evolución; y de carácter persistente, por cuanto aun deteniendo de forma inmediata las emisiones de gases invernadero, el cambio climático continuaría produciéndose durante décadas (o siglos) debido al largo tiempo de residencia de los gases que lo originan.

El cambio climático es un indicador –tal vez el más potente- de la gestión de nuestro modelo de crecimiento. La intensa presión a la que sometemos los recursos y la alta demanda de energía de los países desarrollados –en muchos casos innecesaria e ineficiente- generan abundantes residuos (gaseosos, líquidos o sólidos), algunos de difícil degradación. El despilfarro de las sociedades occidentales, que no consideran los límites de las actividades humanas y que inunda los mercados de bienes cuyo tiempo de renovación es cada vez más corto, está detrás de la mayor parte de los problemas ambientales de nuestro tiempo.

Las consecuencias del cambio climático dependerán de los escenarios alcanzados, en donde la evolución de variables sociales, como la población o la energía, será fundamental. En todo caso ya muestran un perfil incierto y preocupante, al haberse llegado a las 400 partes por millón de dióxido de carbono, la concentración más elevada en el último millón de años. Mayor temperatura supondrá más energía en la atmósfera y subida del nivel del mar por dilatación y fusión de los glaciares continentales. De lo primero derivarán fenómenos meteorológicos más intensos, y de lo segundo, pérdidas de superficie y procesos erosivos. Mas, las consecuencias pueden tener un alcance mayor si se alteran las corrientes planetarias (como la corriente cálida del Golfo), derivándose grandes dificultades de adaptación tanto para el ser humano como para el resto de las especies. Los impactos sanitarios y económicos pueden, asimismo, llegar a ser incalculables.

El sentido de la educación ambiental (definida en la Cumbre de Río de 1992 como herramienta imprescindible en el camino hacia la sostenibilidad) es el de intervenir en la evolución de un problema para que alcance los escenarios más favorables. Para ello interpreta los problemas ambientales (considerando sus causas inmediatas y últimas, esto es, la emisión de los gases invernadero fruto de la actividad humana y el modelo capitalista de consumo como generador de la presión sobre los recursos), promueve valores que conduzcan a estilos de vida más sostenibles y responsables (como la austeridad, la conservación, el sentido crítico) y capacita y fomenta aptitudes de intervención social que conduzcan a la toma de iniciativas y a la participación en la vida pública, puesto que la resolución de los problemas ambientales requiere de la actuación de las instituciones y de la participación ciudadana.

Las buenas prácticas que desde la educación ambiental se proponen para combatir el cambio climático apuntan en las siguientes direcciones:

  • Fomento del ahorro y la eficiencia energética, tanto en el domicilio como en el centro de trabajo, incluyendo la construcción, la iluminación, la climatización, los electrodomésticos y la utilización eficiente de la ofimática.
  • Modelos de transporte sostenible y eficiencia en su uso. · Conservación de los recursos, incluyendo la reparación, la reutilización y el reciclaje, dentro de una economía circular.
  • Reducción del consumo de carne en la dieta junto con la adquisición de productos de proximidad y de la agricultura ecológica.
  • Reducción del consumo de agua.
  • Puesta en práctica de valores, como la responsabilidad o la sencillez, encaminados a reducir los altos niveles de consumo de las sociedades occidentales.
  • Integración en colectivos y movimientos que trabajen a favor del medio y de un modelo económico sostenible.

 

La educación ambiental así entendida puede resultar un excelente complemento a los compromisos de las Estrategias nacionales y autonómicas, y de la Cumbre de París cuyos resultados pueden mejorarse. Para que los instrumentos internacionales puedan alcanzar con éxito los objetivos marcados –especialmente si, como en este caso, lo son a medio plazo- deben acompañarse de sólidos programas de educación ambiental que impliquen al ciudadano, aportándole la información que necesita y comprometiéndole en la puesta en práctica de buenos hábitos, que no sólo mejorarán los escenarios del cambio climático, sino los ambientales en su totalidad.

26 de enero, Dia Mundial de la Educación Ambiental

Federico Velázquez de Castro González

Presidente

Asociación Española de Educación Ambiental


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